Los ciudadanos no pueden impedir que al rey (que quede claro que pongo «al» y no «a su») le apasione la tortura, del mismo modo que tampoco era posible evitar que a su padre esta forma de violencia o la caza de animales le sentase (y le siente) como una viagra para los sentidos (con cargo a las arcas públicas desde el palco para recibir el brindis del matador hasta el avión privado para ir a matar osos, pasando por la bala que acabó con la vida del desdichado plantígrado previamente emborrachado o con la del elefante). Y es posible que también con efectos de agitación y/o sustitución para algo más carnal que los sentidos. No lo digo yo, lo explican algunos psiquiatras.
Lo que sí podemos hacer esos ciudadanos es un par de cosas que no nos vendrían nada mal: luchar cada vez con más ahínco por acabar con la tauromaquia y con la monarquía. Ambas legales todavía, es verdad, pero impuestas las dos. No existe nada sagrado ni respetable en la violencia que lo sigue siendo aunque no constituya delito. ni tampoco en una regencia decidida por un asesino dictador, y que en un régimen que tienen la desvergüenza de llamar democracia siguen sin poder someterse a votación.
Y es que parece que no hay en los gobernantes testículos ni ovarios suficientes para enfrentarse a aquel ante el que juran el cargo y se aseguran el sueldo, pero sobre todo de lo que carecen es de integridad para preguntarle a las mujeres y hombres que viven en este país si quieren reyes y toreros, porque saben que el resultado del plebiscito los mandaría por mayoría, por mucha mayoría, a tener que buscarse la vida sin ser asesinos de animales ni parásitos de humanos. Hay algunos, es cierto, que son coherentes a lo largo del tiempo en su depravación, para ellos mi asco permanente pero no mi decepción, pues confieso que me duele, irrita y entristece más lo que hacen otros: esos con cuya ética suele ocurrir lo mismo que con su twitter: que hay un antes y un después de que sus nalgas empiecen a calentar un escaño.
Las ovaciones que ha recibido este domingo Felipe VI en Las Ventas son como los aplausos de unos cuantos centenares al partido Vox en algún pequeño pabellón: el residuo numérico y moral de un pueblo que no representa en modo alguno al rechazo casi general a la violencia con inocentes disfrazada de arte y al totalitarismo maquillado de campechanía. Y esos vítores que convierten en legitimidad los que tiran de este monarca que lo es simplemente por ser «hijo de», les vendrán igual de bien a los amigos de las atrocidades con toros o vaquillas que los artículos de Salvador Sostres a los que matan a sus parejas, o exparejas, pero al resto, a los que no pensamos de ese modo y no lo vamos a hacer aunque nos manden a los grises teñidos de azul, ni nos convencen ni nos impresionan. Y nos ha de dar igual que nos digan con eufemismos que hay que tragar y que es así porque se hayan criado unos en la dehesa para morir martirizados o lo haya hecho en la Zarzuela el otro para reinar porque se le puso ahí mismo que así fuera al caudillo y a los papás de la constitución.
Felipe VII, tú tendrás mucho de Fernando VII, el rey al que también le inflamaba la tauromaquia, pero resulta que nosotros ya no somos la sociedad del primer tercio del Siglo XIX. Las atrocidades que recoge la ley sólo son intocables hasta que dejan de serlo y en ese momento todo puede caer, desde la tradición más antigua hasta la corona más poderosa. No nos dais miedo ni tú ni la fundación toro de lidia. Ni las mordazas ni las denuncias. El canguelo ha cambiado de bando y ahora está en el vuestro.
Ni eres mi rey ni esa es mi fiesta. Y no me exijaís ni tú ni los torturadores a los que acudes a contemplar cómo matan lentamente a un pobre animal respeto ante sus acciones y ante tu cargo, porque consigamos verlo o no, y como yo millones, no olvidéis que vamos a seguir dejándonos la piel hasta convertir tu palacio y las plazas de toros en lugares libres de fascismo y de violencia.
(Julio Ortega)
¿Donde ves la fiesta Felipe VI? ¿Quizás en ésto:?


