En las fincas de frutas de la provincia andaluza impera la ley del silencio. Decenas de mujeres marroquíes cuentan que sus encargados las chantajean con dejarlas sin trabajo si no mantienen con ellos relaciones sexuales. Casi nadie denuncia por temor al despido. EL ESPAÑOL habla con varias de ellas. "O cedes y callas, o te echan", dice una.
“Saben que somos pobres, que tenemos hijos, que muchas somos divorciadas o viudas. Nos chantajean con quitarnos el trabajo si no nos entregamos a sus deseos sexuales. En las fincas nos tocan, nos pegan, nos insultan… -dice Habiba-. En las habitaciones nos arrinconan para acostarse con nosotras. O cedes y callas, o te echan. Nos traen desde Marruecos queriendo que seamos esclavas sexuales”.
Habiba (nombre no real para mantener segura la identidad de las denunciantes) está divorciada, tiene 37 años y cuatro hijos. Procede de una provincia al sur de Casablanca (Marruecos), donde trabajaba como limpiadora por 35 o 37 euros semanales. La mujer llegó en abril a una localidad de Huelva para recoger moras, fresas y otras frutas de temporada. Una empresa española con intermediarios en su país la captó como jornalera. Buscaban mujeres como ella: sin apenas recursos, de escasa formación, con cargas familiares. Vulnerables.
Habiba viajó en autobús hasta Tánger, luego cruzó el Estrecho en ferry hasta Algeciras y, desde allí, viajó de nuevo por carretera hasta Huelva. Habiba empeñó un anillo y unos pendientes de oro para conseguir un préstamo con el que pagar los 500 euros que le pidió aquella gente para tramitarle la documentación y el viaje. También presentó como aval el contrato de alquiler de su casa.
Al llegar a una finca rodeada de invernaderos, a Habiba la instalaron en un barracón de chapa similar a los de las obras. Tenía dos literas con cuatro camas y sin agua potable. La primera noche, Habiba le pidió al encargado un armario para colgar la ropa. Cuando éste se presentó en su habitación, le preguntó quién dormía en la cama que había vacía junto a la suya. Habiba contestó: “Una amiga”. Él le dijo: “No, mejor dormiré yo”. Habiba se enfrentó verbalmente a su jefe, un español, y lo echó de la estancia. Así fue su bienvenida a España.
Habiba atiende a un equipo de EL ESPAÑOL en una cafetería de una localidad del entorno de Doñana. La acompañan otras tres marroquíes. Ellas son solo cuatro de las alrededor de 17.000 mujeres que este año han llegado desde Marruecos hasta los campos de Huelva para la recolección de las frutas. Todas han sido contratadas en origen. Se trata de una cifra que duplica a la de 2017.
Para hacer este reportaje, el reportero y el fotógrafo han escuchado el testimonio de al menos ocho mujeres marroquíes. Ninguna se conocía antes de llegar a España. Algunas están en pueblos a 70 u 80 kilómetros de distancia uno de otro. Sin embargo, el relato de todas es común: en las fincas se producen violaciones, agresiones físicas, abusos sexuales y se negocian matrimonios con lugareños que buscan mujeres con las que tener sexo, les laven la ropa y les limpien la casa.
Ninguna asociación u ONG contactadas que trabajan sobre el terreno en la defensa de las condiciones laborales de los jornaleros ha querido exponer su opinión sobre la problemática planteada.
Sólo ASNUCI, que se financia exclusivamente con la aportación mensual de sus socios (5,5 euros), la mayoría de ellos inmigrantes, accede a participar en el reportaje. Aquí, en este agujero negro de la rica Europa, funciona la ley del silencio.
El coordinador de proyectos de ASNUCI, Antonio Abad, dice: “En estos pueblos se ha creado un sistema perverso para las mujeres: o tragas con los jefes, o te dejan sin trabajo. Esto se sabe aquí, se escucha, pero nadie denuncia por miedo. Es una verdad oculta entre estos campos. Por supuesto que hay empresas que las tratan como deben, pero no se puede echar la vista a un lado ante estos dramas”.
Este pasado martes, ASAJA, UPA, UGT, CCOO y otras organizaciones con representación en la Mesa de la Inmigración en Huelva hicieron público un comunicado conjunto a raíz de un reportaje publicado en la revista alemana Correctiv, que denunció la situación de las mujeres marroquíes en Huelva la semana pasada. Dicho comunicado dice que “no existe constancia de denuncias” y que no pueden “aceptar que se generalice con referencia a un sector, causándole un daño” a empresarios y empleados.
Fátima llegó a España en marzo con un visado de tres meses que le permitía trabajar en este país de forma regular. Al poco de llegar, el encargado de la finca comenzó a violarla. Fátima es de Beni Malal, tiene 36 años y es madre. Es compañera de finca de Habiba.
Hasta hace unos días, el encargado de Fátima, español, le mantenía retenido el pasaporte, algo ilegal. La amenazaba con dejarla varios días sin trabajo si no consentía mantener sexo. Al final, ella ideó un plan para obtener su documentación: convenció a aquel hombre para formalizar esa supuesta relación existente entre ellos.
Cuando le devolvió el pasaporte, Fátima se marchó de la finca con la ayuda de un senegalés que tiene coche. Cuando usted lea estas líneas, ella ya estará en Marruecos.
- No denunciamos por miedo. Aquí no conocemos el idioma, estamos casi aisladas en mitad del campo. No es sencillo para nosotras- explica su compañera Habiba-. En nuestra finca, Fátima no es la única. El encargado abusa de otra mujer cada día.
La llegada de marroquíes a las plantaciones de frutas de Huelva comenzó a principios de la década de los 90 del siglo pasado. Ante la falta de mano de obra externa, llegaban jornaleros de Marruecos, Polonia, Rumanía, Bulgaria, Senegal. Sin embargo, las cifras de contrataciones en origen eran mucho menores a las actuales.
Con la inclusión de Polonia (2004) en la UE, y de Rumanía y Bulgaría (2007), el acuerdo entre países se centró en Marruecos, quienes envía a mujeres de perfiles vulnerables, normalmente sin marido y con hijos a su cargo. Durante la crisis bajó el número de peticiones porque los españoles retornaron al campo. Este año ha vuelto a incrementarse.
A día de hoy, todas han sido despedidas y continúan nuevas denuncias por acoso y abusos.
elespanol.com
