Los ciudadanos no pueden impedir que al rey (que quede claro que pongo «al» y no «a su») le apasione la tortura, del mismo modo que tampoco era posible evitar que a su padre esta forma de violencia o la caza de animales le sentase (y le siente) como una viagra para los sentidos (con cargo a las arcas públicas desde el palco para recibir el brindis del matador hasta el avión privado para ir a matar osos, pasando por la bala que acabó con la vida del desdichado plantígrado previamente emborrachado o con la del elefante). Y es posible que también con efectos de agitación y/o sustitución para algo más carnal que los sentidos. No lo digo yo, lo explican algunos psiquiatras. Lo que sí podemos hacer esos ciudadanos es un par de cosas que no nos vendrían nada mal: luchar cada vez con más ahínco por acabar con la tauromaquia y con la monarquía. Ambas legales todavía, es verdad, pero impuestas las dos. No existe nada sagrado ni respetable en la violencia que lo sigue siendo aunque no con...
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