De todos es sabido que República es sinónimo de anti-religión, anti-monarquía. Su mayor
preocupación es poder derrotar a la monarquía y poder establecer una educación laica.
Los historiadores Francisco Espinosa y José María García Márquez publicaron el libro Por la
religión y la patria donde explican detalladamente como la Iglesia participa intensamente en la
construcción de la dictadura franquista en el golpe militar de julio de 1936.
La jerarquía eclesiástica española se vió amenazada por la República, tanto que pasó a ser parte
importante de los piquetes de ejecución, apoyando el alzamiento armado.
Hago un poco de memoria desde el principio de la República. Desde el primer momento del
nacimiento de la República, la Iglesia se opuso firmemente a ella. La curiase percataba de que la
República les quitaría privilegios, de los que hablaré más adelante.
"La iglesia siempre ha querido hablar de la 'persecución religiosa' de que fue objeto durante la
República y de sus 'mártires' después del golpe". A recuperar y fomentar esta particular memoria
histórica de la curia, dedican "decenas de libros y esfuerzos". Mantienen "silencio" no obstante sobre
la cruel y brutal participación "en la dictadura". Ahí se demostró que formó parte
indisoluble del franquismo.
Y el papel de la iglesia en la represión, ¿fue también crucial? "Fue un cooperador más, incluso
activo", responden. Y continúan: "No solamente sus dedos señalaron a los que consideraron
culpables, sino que se prestaron a unir sus informes a los de la policía, la Guardia Civil o Falange".
Incluso contra religiosos "sacrificados por no ajustarse al canon nacional católico y aquellos que se
mostraron críticos". Obviamente, apuntan.
A los disidentes con la postura oficial, la iglesia española tenía preparada la misma carta jugada
"en toda su historia: apartarlos, expulsarlos, detenerlos e incluso justificar su asesinato. El
integrismo religioso no conocía otro lenguaje y la jerarquía eclesiástica española era integrista en
su gran mayoría".
En los pueblos, los episodios quedaron repetidos. Con más énfasis a veces. "A nivel local fueron
muchos los párrocos que llevaron a cabo una activa política represiva y sin olvidar que no
solamente lo hicieron por planteamientos revanchistas o vengativos, ya que muchos de ellos
estaban abiertamente identificados con los derechistas locales más recalcitrantes". Y queda
pendiente, sostienen, "una intensa investigación en muchas localidades".
"Iglesia en este país en 1936 significaba derecha y golpe", resumen. Y obtuvo beneficios que aún
ostenta: "Demasiados réditos. Incrementó sensiblemente su poder en los años de la dictadura, a
cambio de su apoyo, y esto le permitió extender su influencia política entre las élites de este país".
Una atribución "que aún se mantiene y sus sectas son muy operativas". "Que algunos quieran
seguir insistiendo en que el Estado es laico, es un mal chiste", concluyen, "no existe en los países
de nuestro entorno europeo otra iglesia más intrusa ni con más privilegios".
Haré una breve historia de la Guerra Civil , (aunque yo prefiero llamarlo Golpe de Estado)
desde mis apuntes sacados de las hemerotecas.
Después de que Alfonso XIIII concedió su reinado ineficiente y corrupto
desde de España al General Miguel Primo de Rivera en 1923, el título político del país
cambió de una monarquía a una dictadora por primera vez. La deprimida economía que
ocurrió durante los años de los 30 forzó a Primo de Rivera a dimitir como el dictador. Los
republicanos ganaron la elección de 1931 y crearon una república en cambio de una
monarquía (Trueman, 2013). La Guerra Civil Española empezó el 17 de julio de 1936 y
terminó el 1 de abril de 1939. Era una guerra casi imposible describir porque muchos de
los sentimientos y causas de la guerra en realidad son los sentimientos que ocurrieron
durante la guerra. Muchísimas personas describen los sentimientos que resultaron desde
dela Guerra Civil como las causas de la Guerra Civil (Graham, 2005).
Aunque era una guerra breve, creó una grieta en el país. España se dividió entre
los republicanos, la gente que quería el cambio y una república, y los fascistas, la gente
que estaba en contra del cambio y fue dirigido por Francisco Franco (Graham, 2005). La
Guerra Civil Española tomó lugar entre las dos Guerras Mundiales y es posible que sea
porque España no participó en ninguna de las dos guerras. La república nueva trató tomar
el poder de la gente poderosa, como los militares, terratenientes, la Iglesia Católica y los
industriales (Trueman, 2013). Los poderosos rebelaron en contra de la nueva república y
se llamaban los nacionalistas. Tuvieron el militaría pasado de España y eran muy
organizados. Sin embargo, los republicanos no eran organizados y tuvieron un militaría
de la gente común y mujeres. Por fin, los nacionalistas ganaron la Guerra Civil Española
y Francisco Franco empezó su dictadura.
Hago un breve repaso de la Iglesia Católica en España.
La Iglesia Católica ha tenido una historia muy larga y un impacto muy fuerte
desde el crecimiento de España como un país en 1469. Antes de la Guerra Civil
Española, la iglesia era una parte de la comunidad. No sólo se confió en para su dirección
espiritual, sino también muchas veces sirvió de un banco local para apoyar a la gente
también (Graham, 2005). Antes de la Guerra Civil Española y el conflicto del gobierno
de España, la Iglesia Católica tenía un papel que era muy conectado a la monarquía de
España porque catolicismo era la religión de España. Desde 589, España ha tenido el
catolicismo como la religión oficial de España cuando el Rey Recaredus proclamó la
unidad del reino y la religión católica en el Consejo de Toledo (Morhán, n.d.). La
Constitución de 1931 declaró que España ya no tenía una religión oficial y se hizo una de
las causas de la Guerra Civil Española (State and Church in Spain, 2007). La Guerra
Civil unificó el gobierno y la Iglesia otra vez el Concordato de 1953 dio a la iglesia
muchos derechos nuevos. Después de la muerte de Franco, la Constitución de 1978
garantizó la libertad religiosa (State and Church in Spain, 2007).
La Iglesia Católica tenía muchísimos papeles durante y después de la Guerra Civil
Española. Por ejemplo para los republicanos, la Iglesia era horrible y su enemigo pero las
fascistas eran a favor de la iglesia y sus papeles tradicionales. En las películas que tratan
de la Guerra Civil, la Iglesia suele tener el papel representado de la perspectiva de los
republicanos porque muchas películas son en contra de la Iglesia. La literatura tiene un
papel diferente porque hay escritores republicanos y fascistas con ideas diferentes. Es la
verdad que los republicanos eran crueles a la Iglesia durante la guerra pero también la
Iglesia abusó su poder. Antes de la guerra, la Iglesia tuvo un papel definido en la
sociedad y la cultura de España; sin embargo después de la guerra durante el reinado de
Franco, el papel de la Iglesia ha cambiado para que ya no fuera opcional para asistir.
Después de la muerte de Franco, la Iglesia cambió papeles otra vez en la sociedad a un
papel social más opcional. Este estudio examinará todos los papeles de la Iglesia Católica
y cómo han cambiado durante y después de la guerra a través de las películas.
La Iglesia Católica era uno de los enemigos principales de los republicanos en la Guerra
Civil Española. La iglesia impuso reglas de cómo la gente debería vivir sus vidas, y los
republicanos tenían creencia más abiertas que aquellas de la Iglesia Católica. La Iglesia
Católica estaba en el lado de los fascistas durante la guerra, causando la desconfianza de
la Iglesia dentro del ejército republicano. Muchas veces los ejércitos republicanos
destruirían iglesias y matarían al sacerdote en la iglesia porque creyeron que el sacerdote
defendía a los fascistas dándoles la información o protegiéndolos. Un ejemplo de cuando
el ejército republicano mató a un sacerdote se ve en la película Tierra y libertad cuando
los republicanos entraron en la pequeña ciudad sostenida formalmente fascista y mataron
al sacerdote porque el sacerdote les dio la información a los fascistas sobre los hombres
que eran republicanos en la ciudad. Después de que el sacerdote les dio los nombres de
los republicanos, ellos fueron ejecutados por los fascistas (Allen, 1995).
Los fascistas tenían una visión muy diferente de la Iglesia Católica comparada
con la visión que tenían los republicanos. Para los fascistas, la Iglesia representó dos
símbolos: la tradición y el reconocimiento internacional. En España para ser católico no
era sólo sobre la religión y las ideologías de la Iglesia Católica, sino también era una
tradición cultural porque España era al principio un país católico.
Una parte del ideológico fascista es que no querían los cambios en España. Franco quería que
España permaneciera lo mismo y la educación también para que pudiera tener el poder sobre el
país y para que la Iglesia fuera el símbolo más importante de la tradición a causa del
patrimonio de la herencia de España y su relación con el Vaticano.
El segundo símbolo de la Iglesia Católica era uno de los mayores poderes en
España durante la Guerra Civil Española debido a su influencia y presencia internacional.
Muchos de los sacerdotes usaron la confesión como una manera de averiguar los planes
secretos de los republicanos y relatar la información a los fascistas.
El poder internacional le dio a Franco la capacidad de
tener el equipo más agradable y el dinero extra que tenía le dio más tiempo para luchar
contra los republicanos que eran bajos en el dinero y ganar la guerra. “Apoyo católico en
términos de apoyo político, voluntarios militares, financieros ayuda, y quizás sobre todo,
motivación espiritual y legitimación cultural se hizo el pilar doméstico solo más
importante del movimiento Nacionalista.
Existen muchas películas que representan la crueldad de la República con la Iglesia, como
quema de iglesias y asesinatos de curas. En cambio se esconde mucho de lo que la Iglesia
hizo con el apoyo de Hitler y Mussolini, amigos y colaboradores de Franco y entre ellos.
Los republicanos no eran los únicos culpables de la conducta horrible durante la
Guerra Civil Española porque la Iglesia Católica no era inocente de abusar de su poder
que Franco y la gente de España les habían dado. Algunos ejemplos del abuso de la
autoridad de la Iglesia Católica incluyen la violación de la santidad de confesión y dormir
con mujeres casadas. Casi todas las películas que se investigaron en este estudio tenían
escenas en ellos que mostraron a un sacerdote que viola la confesión por dar a los
fascistas los nombres de los republicanos que habían admitido sus sentimientos durante la
confesión o sus queridos admitidos para ellos o dando a los fascistas los escondrijos y los
proyectos de los republicanos. En Tierra y libertad, el sacerdote de la comunidad local
les dio a los fascistas los nombres de muchos de los republicanos en el pueblo que causó
su ejecución. La película implicó que los sacerdotes recibieron los nombres de los
republicanos por la confesión de los miembros de familia de los propios soldados.
Durante el gobierno de Franco la gente no tenía una opción en cuanto a si querían
asistir a la misa. Era obligatorio que la gente asistiese a la misa o sería un problema
porque eran en contra de la ley de Franco. Una vez que Franco ganó la guerra, la Iglesia y
el gobierno eran los dos poderes más altos en España.
Si alguien sabía que una persona era republicana y no lo chivaba al gobierno, era ejecutado.
De ahí tantos asesinatos a inocentes, solo por no delatar a nadie.
Aunque el catolicismo comúnmente se conoce como una de las cosas que mantuvieron el
régimen de Franco unido, después de la Guerra Civil también se podría decir que era una
relación crucial que hizo al gobierno de Franco tan fuerte y su movimiento nacional
último para el tiempo que fué.
El catolicismo no podía haber sido usado por Franco así sin el consentimiento de la
jerarquía de la Iglesia Católica, pero el papel de los obispos españoles se puso mucho más
grande que el acuerdo simple y apoyando cuando se hicieron campeones entusiásticos e
ideólogos del régimen de Franco. La firma de 1953 el Concordato de Vaticano hizo labase
legal de la autoridad de Franco que permitió que él consiguiera el reconocimiento
internacional de la Iglesia Católica y el apoyo aumentado de su gobierno.
Otro papel de la Iglesia durante los años de Francisco Franco era robar y controlar
quien pudiera tener niños. Les robaron los bebés de las mujeres que pensaban ser una
parte de los republicanos después de dar a luz al niño. Los doctores les dirían a las
madres que sus niños habían muerto y envían a los bebés a casas de niños católicas y
hospitales a fin de esperar a sus nuevas familias nacionalistas que los enseñarían
correctamente.
El gobierno forjó los nombres de los padres adoptivos en
las partidas de nacimiento de modo que la madre del bebé robado no lo pudiera encontrar.
Una cosa muy interesante sobre el robo de los bebés es que nadie sabe
nada del robo de los bebés hasta la muerte de Francisco Franco en 1975. Habían
aproximadamente 300,000 niños ilegalmente adoptados entre los años de 1950 y 1980 a
través de la Iglesia Católica. La organización que era responsable principalmente del robo
de los bebés republicanos arregló una red de sacerdotes y monjas, así como
doctores católicos, jueces y notarios. Muchos de ellos pertenecieron al movimiento de
Opus Dei. Muchos de los padres adoptivos no sabían que los bebes habían
sido robados. Les habían dicho que las madres no querían a los niños.
Francisco Franco estaba en contra de cualquier cosa que no estaba exactamente
con las leyes de la Iglesia Católica. Él pensaba que era un crimen estar en contra de las
leyes de la Iglesia y por tanto, el resultado de las acciones como ser otra religión, no ser
Católica, o ser homosexual, era la muerte o el exilio.
Durante el gobierno de Franco, millones de personas que eran homosexuales o quienes se
pensaron ser homosexuales se pusieron en prisión, instituciones mentales o se colocaron en
campos para los homosexuales. La mayoría de la gente que fue encarcelada era de las
clases sociales inferiores.
La Iglesia representó la opresión, traidores, dinero y la vieja España.
Los nacionalistas vieron la Iglesia completamente diferentemente de los
republicanos. La Iglesia representó la tradición, el poder, reconocimiento
internacional y una manera de espiar a los republicanos. Los republicanos usaron la
Iglesia debido a la influencia que tenía sobre la gente española y el gobierno. La Iglesia
era uno de los poderes más altos en España en esa época.
Durante el reinado de Franco la gente no tenía una opción en cuanto a si
querían asistir a la masa. Era obligatorio que la gente asistiese a la misa o sería un
problema pero hoy en día, la Iglesia tiene un papel muy diferente. Hoy los jóvenes evitan la
Iglesia completamente o solo van durante vacaciones. Si la iglesia no encuentra una manera
de conseguir a los jóvenes y familias activas otra vez, puede morir finalmente porque la
población de la Iglesia es muy vieja.
Conforme van pasando los años y se precisan los estudios históricos, parece quedar claro
que los apoyos militares exteriores recibidos por los dos bandos de la guerra civil española
fueron desiguales. Mientras el bando franquista contó con una ayuda decidida y potente
por parte de las dos potencias fascistas que entonces dominaban el horizonte europeo, es
decir Alemania e Italia, la República contó únicamente con la ayuda soviética, una ayuda
que, además, no tuvo siempre toda la calidad que se le debe suponer a un fusil prestado por
un amigo (además que no fue prestado, sino vendido a buen precio).
Esto nos lleva al hecho, también bastante claro, de que uno de los factores que construyó la
derrota de la República fue el hecho de que las grandes potencias continentales,
notablemente Francia y Reino Unido, decidiesen apostar por un ámbito de no intervención.
Las claridades, sin embargo, terminan aquí. A menudo historiadores, articulistas, etc., son
rápidos y preclaros a la hora de diagnosticar la fiebre, pero torpes a la hora de localizar la
enfermedad. La pregunta sobre por qué se produjo ese no-apoyo no se plantea muy
habitualmente, y eso es así, tal vez, porque algunas de las respuestas a la misma quizá no
son agradables de escuchar o de leer.
El asunto se ha intentado explicar con un solo argumento: las potencias occidentales tenían
miedo de que, de ayudar a España, Hitler empezase una guerra a escala europea. Lo cual no
dudo que tenga sus visos de verdad, pero también tiene sus aristas. En 1936, cuando estalla
la guerra de España, Hitler no estaba en condiciones de declarar una guerra a escala
europea. En 1938 sí había recorrido gran parte de ese camino, y es por eso que fue
entonces cuando se jugó el órdago a la grande con el asunto de los sudetes. Por lo demás,
precisamente en ese año 1938, Hitler dio un paso importante, como fue el pacto con la
URSS, por el cual ambos países se hicieron amiguitos; potencia que, casualmente, era la
única que estaba violando la no intervención en España.
La República, como sabemos bien, llegó el 14 de abril de 1931 en medio de una
demostración popular en la que los problemas de orden público brillaron por su ausencia.
La facilidad con que llegó y el entusiasmo con que fue recibida por la masa de españoles
hizo pensar, quizá, a los prohombres de la República, que recibían, de alguna manera, un
mapa social en blanco que ellos podían redibujar como quisieran. Por otra parte, las
tensiones anticlericales, en 1931, eran cosa archiconocida en España y se venían
produciendo de décadas atrás, sobre todo a través de los amargos debates del siglo XIX
entre las fuerzas conservadoras y liberales.
El 15 de abril de 1931, es decir al día siguiente de proclamada la República, el periódico
católico por excelencia de España, El Debate, publicó un editorial afirmando el acatamiento
de la Iglesia católica al nuevo régimen. Nada nuevo, por otra parte, porque la Iglesia
siempre ha sido eso que se llama accidentalista, en ocasiones con exceso. Quiere ello decir
que acepta lo que haya. En aquel caso, además, esta era prácticamente su única salida,
porque aunque los católicos de 1930 eran básicamente conservadores de ideas políticas, el
hecho era que nadie, ni el ejército, ni la guardia civil, ni los monárquicos, había osado
levantarse contra la República; así pues, de haber puesto pies en pared, los curas habrían
sido los únicos, y lo sabían.
El debate se centró muy pronto en una serie de propuestas concretas: la primera,
obviamente, la separación entre Iglesia y Estado. En segundo lugar, el radical recorte de las
funciones de las órdenes religiosas, cuando no su ilegalización. En tercer lugar, la enseñanza
laica. En cuarto lugar, la secularización de los cementerios. Y, por último, el divorcio. Y nada
más, que de aquella el aborto era delito gordo.
Los planes de la República, por llamarlos de alguna manera, no iban por los derroteros por
lo que luego fueron. Los principales muñidores contra la monarquía, como los principales
muñidores contra el franquismo, fueron personas salidas de su servicio o existentes en el
ámbito político cuando existía. En el caso de la II República, los dos grandes conspiradores
fueron Niceto Alcalá-Zamora y Alejandro Lerroux. Lerroux es, quizá, el que más inquietudes
podía presentar frente a la Iglesia, pues en el pasado había hecho gala de un anticlericalismo
vehemente en el que había llegado a clamar en público por la violación de monjas. El
Lerroux que en 1930 se unió a la conjunción republicana, sin embargo, era ya un político de
corte burgués mucho más moderado.
Por lo que se refiere a Alcalá-Zamora, era católico practicante, además de un muy fino
jurista (presidía la Academia de Jurisprudencia). El problema de don Niceto es el de muchos
políticos del pasado, del presente y del futuro: empeñarse en decirse en el espejo que son la
hostia, cuando no les sigue ni el Tato. Alcalá-Zamora se veía el arquitecto de la nueva
república cuando, en realidad, lo que fue es su relaciones públicas; de la sala de máquinas
ya se encargó el PSOE, que para eso tenía los votos.
Alcalá-Zamora pensaba en una República formalmente tutelada por la Iglesia, en la que por lo
tanto las reformas religiosas y de la enseñanza serían lentas. Una República de buen rollito
católico. Sin embargo, como he dicho, cuando llegó la República, y a pesar de ser nombrado él
presidente del primer Gobierno de aquélla, se encontró con que no mandaba nada, y que aquella
jugada la preparaban otros.
El gran inspirador de aquel laicismo fue el diputado y abogado socialista Luís Jiménez de Asúa (al
cual, no por casualidad, tratarían de apiolarse unos falangistas en la calle Goya en el 36).
Jiménez de Asúa fue ponente de la Constitución. Y en los primeros discursos que como tal
pronunció en las Cortes, dijo algo categórico: «en orden al problema religioso, la aún nonata
Constitución es de extrema izquierda» (véase el diario de sesiones del 27 de agosto de
1931). Jurista fino como era, parecía haberse olvidado don Jiménez de que, en la Historia y
hasta en el presente de las naciones, queda claro que la mejor forma de que una
Constitución no perdure, cuando menos no perdure con la imagen de democrática, es que
sea de extrema derecha o de extrema izquierda.
Fueran quienes fueran los padres de la idea, ese cóctel teórico fue asumido, defendido e
impulsado por una persona de mayor poder aún en la República, como era Manuel Azaña.
Azaña, ya lo he escrito muchas veces, tiene en el momento presente demasiada buena prensa.
Que tenía sueños muy bellos y que trabajó por ellos, no lo pongo en duda. Que sinceramente creía
estar trabajando por una España mejor que cambiaría en paz, también. Pero es que el gran
problema de Azaña era que, como tenía en tan alto concepto lo que pensaba, a menudo lo que él
creía y la realidad no se parecían en nada. En consecuencia, metió la pata unas cuantas veces, y yo
diría que en lo fundamental. Reformó el ejército, convirtiéndolo en un florilegio de cabreos y, lo
que es peor, cuando en agosto del 32 fracasó el golpe de Sanjurjo se convenció de que su reforma
había funcionado y de que había creado unas fuerzas armadas que nunca se alzarían contra el
poder constituido y que, de hacerlo, fracasarían seguro.
El segundo gran error del fatuo Azaña, incapaz de considerarse errado, fue su famosa
aseveración de que «España ha dejado de ser católica». Esta frase azañesca, pronunciada en
las Cortes, es un digno ejemplo de lo supermanes que se pueden llegar a creer los políticos,
también los democráticos. Hay políticos, y Azaña fue uno de ellos, que acaban por creerse
en posesión de una verdad tan límpida que, en realidad, la oposición social, por amplia que
sea, no es otra cosa que palos de ciego que dan personas simples que, pobrecitos, no
entienden. El Azaña de la frasecita, como el Aznar de las Azores (y no por casualidad, me
potencia de los políticos y calibró en exceso el significado del voto, entendiendo que los
españoles le habían encargado la misión de decidir en qué creían o dejaban de creer. Como
esos políticos que, con lingüístico desparpajo, pretenden ordenarle a personas que llevan
toda su vida diciendo La Coruña que ahora tienen que decir A Coruña, Azaña decidió
ordenarle a España que dejase de ser católica. Y España, claro, le salió rana.
De entre todas las iglesias católicas de lo que un día se llamó Europa occidental, la española
es claramente la de corte más conservador y vaticanista. Dicen los que saben de esto que la
cosa tiene que ver con el hecho de que somos el único país de Europa que hubo de liberarse
por medio de una cruzada. Para el resto de los católicos europeos, las cruzadas iban de
liberar territorios de terceros, es decir Tierra Santa. Pero para nosotros, la cruzada fue la
liberación de nosotros mismos, es decir la eliminación de la dominación árabe. El carácter
de guerra religiosa que tuvo la Reconquista nos hizo a los españoles principales valedores
del papado. La vieja retórica franquista decía: «España, martillo de herejes, espada de
Trento…» Los españoles habíamos sido, de alguna manera, los SWAT de Jesucristo, y eso
marca de la hostia (y nunca mejor dicho).
La Iglesia católica española, por lo tanto, era reacia al cambio. Y, además, estaba asentada
en un país, el nuestro, donde eso que se ha dado en llamar tradicionalismo, y que a veces se
identifica demasiado alegremente con el carlismo, tuvo en el siglo XIX una fuerza bastante
importante, hasta el punto de provocar tres guerras civiles, tres, que se dice pronto. Si por
lo tanto los católicos tenían en quién mirarse para seguir creyendo en la misa en latín y esas
cosas, los liberales, o sea la otra parte, les pusieron fácil la desafección con esa cosita
llamada desamortización. Porque la Iglesia se había dedicado tradicionalmente a dos cosas:
una era a ser propietaria de tierras; la otra a la enseñanza. Con la desamortización, el primer
chollo se evaporó (relativamente).
En la Constitución Republicana se incluyeron algunas disposiciones que ofuscaron a la
Iglesia, las peores quizás fueron las del Artículo 26, que a continuación describo.
«Todas las confesiones religiosas serán consideradas como asociaciones sometidas a una ley
especial.
El Estado, las regiones, las provincias y los municipios no mantendrán, favorecerán ni auxiliarán
económicamente a las iglesias, asociaciones e instituciones religiosas.
Una ley especial regulará la total extinción, en un plazo máximo de dos años, del presupuesto del
clero.
Quedan disueltas aquellas órdenes religiosas que estatutariamente impongan, además de los tres
votos canónicos, otro especial de obediencia a autoridad distinta de la legítima del Estado. Sus
bienes serán nacionalizados y afectados a fines benéficos y docentes.
Las demás órdenes religiosas se someterán a una ley especial votada por estas Cortes
Constituyentes y ajustada a las siguientes bases:
1.- Disolución de las que, por sus actividades, constituyan un peligro para la seguridad del Estado.
2.- Inscripción de las que deban subsistir en un registro especial dependiente del Ministerio de
Justicia.
3.- Incapacidad de adquirir y conservar, por sí o por persona interpuesta, más bienes que los que,
previa justificación, se destinen a su vivienda o al cumplimiento directo de sus fines privativos.
4.- Prohibición de ejercer la industria, el comercio o la enseñanza.
5.- Sumisión a todas las leyes tributarias del país.
6.- Obligación de rendir anualmente cuentas al Estado de la inversión de los bienes en relación con
los fines de la asociación.
Los bienes de las órdenes religiosas podrán ser nacionalizados.»
Hay en este artículo algunas cosas muy curiosas. El segundo párrafo, por ejemplo, es incompatible
con la forma de Estado a la que la República decía querer ir (la República, no Azaña; a Azaña, las
autonomías no le gustaban). ¿A qué viene poner, en la Constitución de un país que va hacia la
autonomía regional y municipal, que ni Dios para a poder financiar a unas monjitas si le peta?
El cuarto párrafo, redactado para sostener jurídicamente la ilegalización de la Compañía de Jesús,
es incompatible con las propias teorías de Azaña. Si la cuestión religiosa es sólo una cuestión de
conciencia, ¿qué problema hay en que haya unos tipos que, en cuestión de conciencia, en lugar de
obedecer al Estado, obedezcan al Papa?
La base primera es un insulto. Hasta a mí, que no acabo de entender por qué narices tiene que
haber maristas, capuchinos, teatinos, teresianas y oblatas, me cuesta entender que haya que
poner en una Constitución que algunos de ellos son un peligro para la seguridad del Estado.
¡Leche! ¿Escolapios Quinta Asamblea? ¿Franciscanos poli-milis?
Y, por último, el párrafo relativo al presupuesto del clero y la base cuarta son un misil en la línea
de flotación de la Iglesia. Si recordáis la florentina propuesta vaticana, recordaréis que esto, y nada
más, es lo que los cardenales romanos trataban de evitar. La pela es la pela. En el asunto
presupuestario, desde luego, la República tenía toda la razón; el presupuesto del clero era una
rémora escandalosa. En lo de la enseñanza, ya no tanto. Porque una cosa es garantizar la
enseñanza laica y otra prohibir la religiosa.
El 22 de enero de 1932, se disuelve la Compañía de Jesús. El 17 de mayo de 1933 se aprueba la ley
prometida en la Consti, la de Congregaciones Religiosas, que supone apretarle el cinturón a la
práctica de la religión. La respuesta a esta ley fue una carta colectiva del Episcopado, de 25 de
mayo de 1933. Más otra que publicó el nuevo arzobispo de Toledo, Gomá, en julio. El que menos
se cortó fue Gomá: «Si la nación dio el poder a quienes lo ejercen contra Dios, que se lo dé,
cuando pueda, a otros que legislen según la voluntad de Dios».
Al gobierno y a los republicanos conspicuos, por otra parte, no les faltaron signos de que esto que
se habían montado no era del agrado de todo el mundo. A aquellos de vosotros que residáis en
Huelva os recomiendo que visitéis las hemerotecas y leáis las informaciones de la época sobre el
motín en toda regla que se produjo el 1 de marzo de 1932 en el pueblo de Almonte (cómo no). Allí,
unos políticos con menos vista de Stevie Wonder parieron la maravillosa idea de retirar unos
azulejos… ¡con la imagen de la virgen del Rocío! Los tuvieron que volver a poner, claro; y los
almonteños no les metieron la famosa reja por el culo de puro milagro.
En el bienio de las derechas, por supuesto, la legislación dejó de aplicarse. Pero, cosa curiosa,
nunca se derogó, con lo que el Frente Popular se la encontró allí mismo, vivita, coleando y en
plena vigencia, cuando recuperó el gobierno. En los tres primeros meses de Frente Popular, casi
150 iglesias y conventos en toda España fueron asaltados, a menudo incendiados.
Cuando llegó el golpe de Estado, los curas (excepción hecha de los vascos) no tuvieron que pensar
ni dos minutos para decidir cuál era su bando.
Así que con la proclamación de la Segunda República en España y la promulgación de la
Constitución de 1931, probablemente la más liberal de todas las que han regulado el país, se
suprimieron gran cantidad de privilegios del sector religioso que volvieron irascibles las relaciones
Iglesia-Estado.
España pasó a ser un Estado laico, dando un paso más allá a la mera separación entre ambos, es
decir, promulgando asimismo la progresiva separación de la religión en la vida política española.
Además, se reconoció el matrimonio civil y el divorcio, por lo que una de las principales bases para
la importancia de la institución católica quedó derruida.
Por norma general, el clero y las organizaciones sociales afines o partícipes en ella se opusieron
desde el principio al gobierno de la República, apoyando a los sectores monárquicos. Incluso
algunos de sus más altos jerarcas interrumpieron en la vida política con sus rotundas afirmaciones,
que crisparon aún más a los sectores más radicales y revolucionarios de la izquierda, en una
espiral de violencia que no parecía tener fin. Más tarde, la Iglesia se convertiría en el gran apoyo
de un régimen dictatorial fascista que nunca se caracterizó, precisamente, por la misericordia.
Al terminar la guerra, Franco instauró desde el principio una dictadura personal de carácter
autoritario, sin una ideología definida más allá de su carácter confesional (católico integrista),
unitario y centralista (contra toda autonomía regional), reaccionario y conservador. La represión
que ejerció sobre los vencidos en la contienda fraticida y contra cualquier tipo de oposición al
régimen fue brutal.
En las zonas proclives a la rebelión se instauró pronto un régimen de terror indiscriminado con el
fin de evitar la organización de la más mínima resistencia.
Los fusilamientos en las cunetas, tapias de los cementerios y extrarradio de los centros urbanos
era práctica habitual para los nacionales.
Conforme la guerra avanzaba, esta situación comenzó a institucionalizarse. Amparados en las
disposiciones que se dictaron, los consejos de guerra dictaron numerosas sentencias de muerte, si
bien esto no condujo a la extinción de los llamados “paseos”.
Pero los sublevados no se contentaron con ello, y extendieron sus prácticas de debilitamiento de
la retaguardia enemiga con el bombardeo y destrucción de poblaciones civiles, como ya sucedió
en Gernika y Granollers.
Una vez instaurado el régimen de Franco, el proceso de normalización de la represión siguió
adelante. A partir de las denuncias de cualquier vecino o de las mínimas sospechas de cualquier
organización afín a la dictadura se procedía a la detención del sospechoso. Si el detenido lograba
salir con vida del interrogatorio, en el que se llevaban a cabo todo tipo de torturas, abusos físicos y
sexuales y amenazas, se enfrentaría de entonces en adelante a los sucesivos instrucciones
sumariales hasta terminar frente a un consejo de guerra o un tribunal militar, ante lo cual no
existía mayor defensa que la de pedir clemencia ante el juez. Si se le declaraba culpable, lo cual
sucedía en la mayoría de los casos, era conducido a las dependencias de las prisiones
correspondientes, donde se efectuaban las sacas de madrugada.
El fusilamiento era el procedimiento más habitual por su rapidez y eficacia, pero se llevaron a cabo
otros tantos métodos de ejecución más crueles y dolorosos como era el garrote vil.
Presentar un panorama de la investigación más reciente realizada por los historiadores sobre las
relaciones entre la Iglesia católica y la Segunda República española no resulta sencillo.
Especialmente si lo que se propone es la elaboración de un marco que no sólo presente el trabajo
desarrollado hasta la fecha, sino los desafíos pendientes y las perspectivas de la actual
investigación, pudiendo alentar nuevas vías de conocimiento en un tema suficientemente
complejo como para no quedar subyugado por el arraigo de los tópicos y los estereotipos.
El relato historiográfico sobre la Iglesia católica durante la Segunda República española ha
progresado notablemente en la última década. El acceso a nuevas fuentes documentales y la
adopción de nuevas perspectivas han permitido un avance significativo en un área temática que
hasta hace poco se veía sometida al peso de las imágenes propagandísticas emergidas durante
nuestra incivil guerra.
Afortunadamente, el paso de los años ha propiciado el apaciguamiento del fragor suscitado por las
agrias batallas acaecidas en torno a la cuestión religiosa. En un país lastrado por un pasado de
intolerancia, y en el que la libertad de conciencia se ha visto tradicionalmente sometida al filo de
la sospecha, un debate más sereno, en el que las legítimas posiciones ideológicas y confesionales
se compaginan con el rigor y la construcción de un relato histórico más veraz y plausible, parece
extenderse paulatinamente, no sin dificultades.
Iniciativas encomiables como el trabajo desarrollado por el proyecto de investigación alentado
desde el año 2002 por el profesor Feliciano Montero desde la Universidad de Alcalá, bajo el título
"Catolicismo y secularización en la España del siglo XX", han contribuido decisivamente en ese
progreso, no sólo por las obras publicadas, sino muy especialmente por el clima de diálogo
multidisciplinar y las numerosas oportunidades abiertas para el encuentro de investigadores
interesados en esta temática, que, hasta ese momento, se encontraban un tanto aislados dentro
del ámbito académico1.
Los encuentros de Alcalá se han convertido así en un magnífico marco de reflexión sobre la
investigación más reciente desarrollada por investigadores de España, Italia, Francia y Portugal,
estableciendo a su vez una red de cooperación que permite tender puentes al futuro en un área
temática en la que todavía queda mucho por explorar.
El progreso de la investigación y de su labor divulgativa avanza a pesar de las poderosas rémoras
del pasado. No en vano, la mayor parte de la historiografía europea se encuentra estigmatizada
por el predominio de los relatos amparados por los diversos Estados nación; narraciones en las
que los conflictos bélicos cobran importancia estratégica para la interpretación del pasado más
reciente.
El poso de nuestra atroz guerra civil y el peso que en ella tuvo el componente religioso sigue muy
presente en nuestras conciencias y en nuestra sociedad; sus consecuencias se aprecian también
entre nuestra historiografía. Se observa así en ocasiones, una exacerbada preocupación por la
identificación de inocentes y la búsqueda de culpables del vilipendiado desastre nacional que
culminó en la omisa consagración bélica. Una posición de partida más empeñada en condenar o
absolver a sus protagonistas, que en explicar los siempre complejos procesos históricos, parece
predominar todavía en algunos relatos, muy especialmente cuando se trata de abordar la cuestión
religiosa o el papel jugado por la Iglesia católica.
La influencia que las instituciones eclesiásticas ostentan en la sociedad y en la política española,
y su relación más o menos diáfana con las posiciones conservadoras o reaccionarias, propicia que,
en demasiadas ocasiones, el discurso ideológico o moral, como denuncia o como apología, se
imponga sobre el objetivo de entendernos mejor a nosotros mismos. El lamentable fracaso de las
políticas de dignificación de todas las víctimas y de la necesaria construcción de la memoria
democrática, que hubiesen requerido de un mayor consenso institucional, provocó además la
emergencia alternativa de las diversas memorias construidas y confrontadas durante la guerra,
condicionando también el debate historiográfico con obras que, desde distintas posiciones
ideológicas, parecían renovar los postulados
propagandísticos de ambos bandos, en función de la memoria republicana o la católica.
Historiadores de acrisolada acreditación y brillantez emitieron un juicio excesivamente genérico
sobre la posición eclesial3, mientras algunos investigadores eclesiásticos, espoleados por la liturgia
de canonizaciones de clérigos y religiosos asesinados durante la guerra, enarbolaron la bandera
apologética en una versión restaurada del género hagiográfico.
En resumidas cuentas, "La complicidad del clero con ese terror militar y fascista fue absoluta y no
necesitó del anticlericalismo para manifestarse", (según las conclusiones de la obra de Julián
CASANOVA RUIZ: La Iglesia de Franco, Madrid, Temas de Hoy, 2005, p. 303.4
Cuando aquel 9 de diciembre, fue aprobaba la Constitución de la Segunda República, nadie
imaginó que aquel texto, lejos de cerrar la cuestión religiosa arrastrada en España desde el XIX, se
volvería en el más poderoso factor en su contra.
En un país como España, la hegemonía republicana sólo podía construirse con éxito sobre la
inclusión progresiva del catolicismo en el sistema republicano. La solución adoptada por la
intransigencia de la minoría socialista a propuesta de Azaña, basada en la exclusión del
catolicismo, "resolvió una crisis de gobierno, pero creó una crisis de sistema", como dice el
biógrafo de De los Ríos y rector de la Universidad de Alcalá, Virgilio Zapatero.
Este post lo escribo con ayuda de textos y dosieres extraídos de
digitalcommons.georgiasouthern.edu, hispanianova.rediris, banderasdeotrocolor.wordpress,
historiasdehispania.blogspot.









